Provincias Dominicanas

La informalidad rige el intercambio comercial y social de los fronterizos

Convivencia. Han desarrollado su propio código no escrito. Pasividad. Deben de callar ante los ilícitos.

DAJABÓN.-Los habitantes de la frontera dominico-haitiana han aprendido a convivir entre sí conscientes de que cualquier hecho que genere alarma entre las autoridades podría significar cuantiosas pérdidas económicas.

Dominicanos y haitianos se protegen unos a otros y hasta desarrollan complicidad en una extraña relación que si bien no se compenetra totalmente, tiene suficientes vínculos de fortaleza como para subsistir pese a las diferencias culturales, históricas, sociales y políticas.

Los haitianos que habitan los pueblos fronterizos van y vienen con total libertad. Es población que por lo general no busca permanecer en territorio dominicano de manera ilegal. Trabajan en casas de familia, en los almacenes, en el campo con las reses y como jornaleros en las plantaciones de arroz.

Su capacidad para desarrollar trabajos pesados es notable. Es común ver a niños, jóvenes de todas las edades y adultos cargando artículos de primera necesidad. También brindan servicios de transporte, ofrecen ayuda guiada al visitante, bromean con los militares y hacen caso omiso de las miradas escrutadoras del visitante, en fin, tienen una agitada y alegre vida que hace a un lado la necesidad.

Nosotros vivimos mejor

“Nosotros vivimos aquí mejor que ustedes en Santo Domingo”, dice Pedro Antonio Amado, un agricultor que ronda los sesenta años.

Su afirmación es confirmada por militares de la zona, quienes aseguran que son muchos, los que durante los fines de semana se trasladan hacia Haití solo para socializar.

“Se conocen entre sí, son amigos, beben juntos y vienen de allá borrachos y atendidos”, confirma el oficial superior que prefirió permanecer en el anonimato, en franca alusión a la prostitución, una que involucra en muchos casos a menores de edad y que es cubierta por la ley de la costumbre.

Las noches son tranquilas en este lado de la frontera, cada quien suele irse a su lugar.
“Aquí puedes amanecer en la calle y no te va a pasar nada, no andas con ese miedo que tienen ustedes de que le quiten el motor o el celular”, dice otro de los habitantes de nombre Alberto Guerrero.

Peligros permanentes

Pero no todo es tan positivo como promueven. Si bien el raterismo no se expresa de manera similar a como ocurre en las ciudades, está presente de otras formas, como el robo de reses, por ejemplo.

“Ellos no matan las cabezas de ganado porque no les conviene, pero se la roban y la esconden por una o dos semanas y luego, cuando la han dejado de buscar, la sacan a comer con las otras como si nada hubiera pasado”, dice Martín Rodríguez, quien se responsabiliza de cuidar el ganado familiar.

Comenta que en caso de que logren identificar posteriormente el animal sustraído, enfrentan dificultades para poder recuperarlo.

“Si tu te vas a buscar tu vaca que se supone es tuya por la estampa, puedes caer hasta preso. Viene un cónsul, buscan ayuda y si no te pones fuerte, te la quitan”, asegura Martín.

La posibilidad de que algunos de los grupos que se dedican a ilícitos les ataque también existe, por lo que callan dominicanos y callan haitianos y se concentran en vivir sus vidas atendiendo sus necesidades diarias.

El intercambio

—1— Cantidad
República Dominicana exportó hacia Haití US$ 703.1 millones de dólares de manera informal entre los años 2018 y 2019.

—2— Beneficio mutuo
Si bien el gobierno reabrió la frontera después del magnicidio de Moïse alegando razones humanitarias, lo cierto es que también se trató de una medida pensada en comerciantes locales.

Tomado de https://eldia.com.do/